Ilustración atmosférica para El puente

Historia

El puente

Después de buscar tanto entre recuerdos, creo que por fin encontré ese lugar.

Hay lugares que recordamos por lo que ocurrió en ellos.

Y hay otros que simplemente permanecen.

El mío es un puente.

Uno viejo.

De piedra.

De esos que se construyeron para el ferrocarril, cuando el mundo avanzaba sobre rieles.

Las vías pasan por encima, rectas y silenciosas, cumpliendo todavía su propósito.

Debajo, el arco perfecto —un círculo de piedra ancho y firme— enmarca el paisaje como si fuera una ventana al tiempo.

Por su centro corre un riachuelo que casi siempre lleva poca agua, pero suficiente para dejar oír su murmullo.

Al salir de la estructura, el agua cae apenas medio metro.

No es mucho.

Pero alcanza para escucharse.

Y para formar una pequeña laguna antes de seguir su camino.

Al fondo, el riachuelo se pierde entre los árboles.

Alrededor no hay demasiado:

matorrales,

un camino de terracería paralelo a las vías,

y más allá una carretera de dos carriles.

Nada que parezca suficiente para convertir ese sitio en algo especial.

Y sin embargo lo fue.

No recuerdo cómo llegué la primera vez.

Ni siquiera sé si aquella noche fue la primera.

Pero recuerdo esa noche.

Éramos tres.

Tres personas todavía demasiado jóvenes para entender cuánto terminaría cambiando la vida.

Seguramente cada quien llevaba algo consigo.

Alguna inquietud.

Algún miedo.

Algún deseo.

Pero no recuerdo que habláramos de ello.

No recuerdo consejos.

Ni confesiones.

Ni promesas.

Sólo recuerdo que estábamos ahí.

La noche.

El sonido del agua.

En algún momento nos metimos al riachuelo.

Nos reímos.

Nos mojamos.

Y durante unas horas no hizo falta nada más.

Después regresé.

Otras veces.

Sin nadie.

De día.

Me recostaba sobre la curva interior del puente, lo bastante arriba para no tocar el agua.

Encendía un cigarrillo.

Y miraba.

Eso es casi todo lo que recuerdo.

No sé qué pensaba.

Tal vez nada.

Quizá por eso aquel lugar sigue apareciendo tantos años después.

Tal vez entonces no hacía falta saber qué seguía.

Ni llegar a otro lugar.

Ni esperar que ocurriera algo.

Sólo estar.

Durante mucho tiempo pensé que no sabía a dónde quería ir.

Y era verdad.

No lo sabía.

Hasta ahora.

Después de buscar tanto entre recuerdos, creo que por fin encontré ese lugar.

Es éste.

Ahora sé que quiero volver.

No para encontrar a quienes estuvieron aquella noche.

Ni para reconstruir algo.

Tal vez ni siquiera para recordar.

Sólo volver a recostarme sobre aquella piedra.

Escuchar el agua caer.

Mirar cómo el riachuelo se pierde entre los árboles.

Y comprobar si todavía existe en mí esa capacidad que entonces parecía tan sencilla:

estar en algún lugar sin necesitar nada más.