Ilustración atmosférica para Cuando el tiempo dejó de llevarme a algún lugar

Historia

Cuando el tiempo dejó de llevarme a algún lugar

Éramos dos personas. Eso era suficiente.

Hubo un tiempo en que las horas también se hacían eternas.

Pero era distinto.

Entonces quería que corrieran.

Miraba el reloj una y otra vez esperando que llegara el momento de volver.

Volver a ese lugar donde, durante un rato, todo lo demás dejaba de existir.

El trabajo.

Los problemas.

Lo que faltaba.

Lo que vendría después.

Nada importaba.

Éramos dos personas.

Eso era suficiente.

A veces ni siquiera había mucho que decir.

Bastaba llegar.

Mirarnos.

Acercarnos.

Y abrazarnos.

Todavía recuerdo esos abrazos.

No sé cómo explicarlos sin hacerlos más pequeños de lo que fueron.

Había algo en ellos que recorría todo el cuerpo.

Como si por unos segundos pudiéramos dejar de sostenernos a solas.

El abrazo se hacía un poco más fuerte.

Y nadie parecía querer soltar.

Y no quería soltarla.

No porque creyera que un abrazo podía resolver la vida.

Sino porque durante ese instante la vida no necesitaba ser resuelta.

Estábamos ahí.

Nada más.

Tal vez por eso ahora el tiempo pesa de otra manera.

Ya no miro el reloj esperando llegar a algún sitio.

Ahora algunas veces lo miro solamente para comprobar que los minutos siguen avanzando.

Uno.

Otro.

Otro más.

Después llega la noche.

Después otro día.

Y luego otro.

Y comienzas a entender que el tiempo puede avanzar aunque tú no estés yendo a ninguna parte.

Eso es lo extraño.

Sigo levantándome.

Sigo trabajando.

Sigo regresando.

Sigo haciendo lo que hay que hacer.

Desde afuera seguramente parece que continúo avanzando.

Pero por dentro muchas veces siento que simplemente estoy dejando pasar los días.

Antes tenía prisa porque había algo esperándome al final de las horas.

Ahora quisiera tener prisa por algo.

Por cualquier cosa.

Volver a sentir esas ganas de llegar.

De encontrar.

De hacer.

De esperar.

De abrazar a alguien y sentir que el cuerpo todavía recuerda cómo estremecerse.

No necesariamente a esa persona.

Eso también comienzo a entenderlo.

Tal vez la recuerdo porque mi memoria necesita ponerle un rostro a una sensación que ya no encuentra en ninguna parte.

Quizá no extraño solamente sus brazos.

Extraño a quien todavía podía cerrar los ojos dentro de un abrazo y olvidarse del mundo.

Quien todavía tenía lugares a los que quería llegar.

Quien esperaba algo del día siguiente.

Quien no necesitaba preguntarse para qué seguir avanzando porque había cosas que simplemente deseaba alcanzar.

No sé cuándo dejé de reconocerme así.

Sólo sé que algunas noches lo recuerdo.

Y entonces entiendo que el verdadero vacío no es que falte alguien. Es no saber qué parte de ti se fue quedando con esa ausencia.

Es no tener nada hacia dónde correr.

Nada que haga largas las horas porque estás esperando que llegue.

Nada que te haga pensar:

ya casi.

Falta poco.

Estoy por llegar.

Tal vez por eso últimamente no quiero que el tiempo avance ni que se detenga.

Sólo lo miro pasar.

Y mientras pasa, intento recordar cuándo fue la última vez que tuve verdaderas ganas de llegar a algún lugar.