Historia
Mendigando un sorbo de empatía
A veces sólo quisiéramos un sorbo de empatía.
Hay un momento en que dejamos de preguntarnos si las cosas van a cambiar.
No porque haya perdido toda esperanza.
Sino porque se cansa de esperar lo mismo.
Un poco de comprensión.
Una palabra distinta.
Una señal de que alguien alcanzó a darse cuenta de que también llegaste al límite.
No grandes cosas.
Ni promesas.
Ni disculpas perfectas.
A veces sólo quisiéramos un sorbo de empatía.
Algo pequeño.
Lo suficiente para sentir que no está completamente a solas dentro de la misma casa.
Pero cuando hasta eso hay que pedirlo, algo comienza a romperse.
Y no sé qué duele más:
que no llegue...
o descubrir que llevas tanto tiempo mendigándolo que empezaste a creer que pedirlo era normal.
Hay días en los que parece que todo termina siendo culpa tuya.
Si hablas, hablaste mal.
Si callas, eres indiferente.
Si haces algo, no fue suficiente.
Si no lo haces, nunca estás cuando se te necesita.
Y poco a poco comienzas a revisar cada palabra antes de decirla.
Cada gesto.
Cada decisión.
Como si compartir la vida significara caminar todo el tiempo intentando no pisar donde duele.
Hasta que un día entiendes que quien está dejando de pisar fuerte eres tú.
Te vas reduciendo.
Cedes.
Evitas.
Callas.
Resuelves.
Y sigues.
Siempre sigues.
Porque hay responsabilidades.
Porque hay personas que amas.
Porque existen cuentas.
Porque mañana hay que levantarse.
Porque alguien tiene que hacer lo que sigue.
Y entonces empiezas a preguntarte cuándo fue que compartir una vida se convirtió en cargar con ella.
No sé si realmente toda la responsabilidad está sobre mis hombros.
Quizá también aprendí a recoger demasiadas cosas sin pedir que alguien más las cargara.
Quizá hubo momentos en los que debí decir que no.
Quizá confundí amar con aguantar.
No lo sé.
Hay tantas cosas que comprendemos demasiado tarde.
Pero sí sé lo que se siente cuando siempre te toca encontrar la manera.
Y todavía más cuando, después de encontrarla, parece que alguien estará esperando para señalar lo que hiciste mal.
A veces pienso que ni siquiera necesitan que esté en casa.
Necesitan saber que estoy ahí.
Hay una diferencia.
Porque estar no siempre significa pertenecer.
Puedes dormir bajo el mismo techo.
Sentarte en la misma mesa.
Escuchar las mismas voces.
Cerrar la misma puerta todas las noches.
Y aun así sentir que hace mucho tiempo dejaste de llegar a casa.
Quizá por eso algunas veces tengo tantas ganas de salir.
No necesariamente para encontrar a alguien.
Ni siquiera para ir a algún lugar.
Sólo salir.
Comprobar que todavía puedo atravesar una puerta porque yo decidí hacerlo.
Porque hay noches en que quedarse no se parece a elegir.
Se parece solamente a no saber cómo irse.
Y ésa es una verdad difícil de reconocer.
Sobre todo cuando amas profundamente algunas de las cosas que tendrías que dejar detrás de esa puerta.
Entonces vuelves a quedarte.
Pero ya no de la misma manera.
Algo dentro de ti empieza a preguntar cuánto tiempo puede vivir una persona donde siente que no la valoran.
Cuántas veces puede pedir cariño antes de dejar de pedirlo.
Cuántas veces puede explicar que algo duele antes de aprender a soportarlo en silencio.
Cuántos pedazos puede entregar para mantener todo en su sitio antes de darse cuenta de que quien ya no tiene un lugar eres tú.
Tal vez por eso últimamente pienso tanto en cambiar mi vida.
No sé todavía cómo.
No sé cuándo.
Ni siquiera sé hacia dónde.
Eso ya lo aprendí.
No sabía a dónde quería ir.
Sólo sabía dónde ya no quería estar.
Pero quizá los cambios importantes empiezan mucho antes de hacer una maleta.
Quizá comienzan la primera vez que nos miramos con suficiente honestidad para decir:
esto me duele.
Esto ya no lo quiero.
Esto no puede ser todo lo que me queda.
Y aunque todavía permanezca aquí...
hay una parte de mí que por fin empezó a levantarse.
