Historia
El corazón que se atreve
Tal vez sólo aprendí a conformarme con lugares donde no tenía que arriesgar demasiado el corazón.
Siempre me ha costado expresar lo que siento.
A veces sentía demasiado, pero casi siempre había algo que me detenía:
miedo,
vergüenza,
o la idea de que quizá era mejor no decir nada.
No arriesgarme a escuchar una respuesta que no quería oír.
Y aun así, muchas veces imaginé compartir la vida con alguien.
Alguien que me pensara.
Que llamara sin que yo tuviera que hacerlo primero.
Que preguntara cómo estaba y realmente quisiera saberlo.
Supongo que siempre quise eso.
Aunque durante mucho tiempo terminé buscando algo muy distinto.
Me refugié en amoríos.
En relaciones que, desde el principio, no prometían futuro.
Personas mayores que yo.
Con sus páginas ya escritas.
Sus compromisos.
Sus historias.
Sus vidas construidas antes de que yo apareciera.
No había mucho que imaginar hacia adelante.
Y quizá por eso podía quedarme ahí.
No tenía que exponer demasiado de mí.
No tenía que preguntarme qué podía pasar después.
Había compañía.
Había cercanía.
Había noches en las que podía dormir entre los brazos de alguien.
Pero cuando acababa la noche había que regresar.
A la escuela.
Al trabajo.
A la rutina.
A mí.
Y quizá eso era lo que intentaba aplazar:
volver a encontrarme conmigo.
Durante mucho tiempo pensé que terminaría sin nadie.
Pero ahora creo que nunca quise realmente una vida sin nadie.
Tal vez sólo aprendí a conformarme con lugares donde no tenía que arriesgar demasiado el corazón.
Hasta que llegó alguien con quien eso dejó de ser suficiente.
Alguien con quien ya no quise quedarme sólo en unas horas.
Y por primera vez ocurrió algo que llevaba mucho tiempo esperando sin saber cómo pedirlo:
sentí que alguien pensaba en mí.
Que alguien quería encontrarme.
Que mi presencia hacía diferencia.
Y quizá eso era lo que siempre había querido:
sentir que alguien me elegía.
Entonces hice algo que casi siempre había evitado.
Me atreví.
Y por un tiempo creí que había valido la pena.
Imaginé una vida con alguien.
Una vida completa.
Dejé de pensar que terminar sin nadie era inevitable.
Hasta que todo se derrumbó.
Me dolió.
Lloré.
Me pregunté muchas veces por qué no había sido suficiente.
Por qué todo lo que di no bastó.
Por qué, cuando por fin me atreví a imaginar una vida con alguien, aquella vida también terminó.
No encontré una respuesta.
Sólo volví a un lugar que ya conocía:
pensar que quizá era mejor estar sin nadie.
Que así dolía menos.
Que era más seguro no volver a esperar demasiado.
Y quizá desde entonces una parte de mí sigue ahí.
Entre las ganas de volver a atreverme y el miedo de descubrir que tampoco esta vez será suficiente.
Hay heridas que no cierran con respuestas, sino con tiempo.
Y aunque una parte de mí sigue temiendo no ser suficiente, otra parte —pequeña, pero viva— todavía quiere creer que el amor no se terminó conmigo.
