Historia
Todo lo que imaginé sin conocerte
Pero conozco esta historia. No a ti. A mí.
No sé tu nombre.
Ni tu edad.
Pero no sales de mis pensamientos.
Apenas fueron unos minutos en los que estuvimos en el mismo lugar.
Decir que coincidimos quizá sería demasiado.
No nos conocimos.
No hablamos.
Ni siquiera sé si llegaste a notar mi presencia.
Simplemente estuvimos ahí.
En el mismo sendero.
A la misma hora.
Disfrutando de la naturaleza.
Tú, acompañada de un grupo numeroso de hombres y mujeres.
Y yo, agradeciendo ahora aquella decisión aparentemente insignificante de haber ido esa mañana a ese lugar.
Porque bastó eso.
Haber decidido ir esa mañana.
Llegar justo entonces.
Tomar una vereda y no otra.
Para que durante unos minutos aparecieras frente a mí.
Y desde entonces, sin saber prácticamente nada de ti, sigas apareciendo en mis pensamientos.
No parecía haber alguien dirigiendo al grupo.
Simplemente caminaban juntos.
Había algo en tu manera de estar ahí.
De hablar.
De hacerte presente entre los demás sin que pareciera necesario intentarlo.
Vestías para el camino.
Pantalón corto negro.
Blusa blanca.
Llevabas el cabello completamente recogido en una coleta sencilla.
Nada parecía preparado para ser visto.
Eras simplemente tú, estando ahí.
Tal vez por eso recuerdo tan bien tus facciones.
Te encontré hermosa.
Pero había algo más.
Me pareciste profundamente atractiva.
Quizá fue la forma en que estabas ahí.
Como quien disfruta de verdad el lugar, la compañía, el momento.
Había algo en ti que parecía estar completamente presente.
Y eso también atrae.
Yo, en cambio, evitaba mirarte demasiado.
No quería ser descubierto.
Apartaba la mirada cuando existía la posibilidad de que nuestras miradas se encontraran.
Pero cada vez que podía, durante unos segundos, volvía a ti.
Te miraba tratando de guardar algún detalle más.
Tu rostro.
Algún gesto.
Aquello que pudiera conservar después.
Como si supiera que probablemente no volvería a verte y quisiera, de alguna forma, tatuarte en mis pensamientos antes de seguir caminando.
No lo sé.
Lo extraño es que no necesitaste hacer nada.
No hizo falta que nuestras miradas se encontraran.
Bastó verte.
Y mi cabeza hizo lo que tantas veces ha hecho.
Empezó a inventar.
Una conversación.
Otra coincidencia.
La posibilidad absurda de volver a encontrarte.
Cómo sería escucharte hablar sin toda aquella gente alrededor.
Qué cosas te harían reír.
Cómo mirarías cuando estuvieras en silencio.
Qué ocurriría si alguna vez fueras tú quien quisiera encontrarme.
Todo eso.
Sin conocerte.
Mientras caminábamos, otras personas cruzaron frente a mí.
También hubo otras mujeres que llamaron mi atención.
Las vi.
Y continué caminando.
Pero eres tú quien regresó conmigo.
No sé por qué.
Después volvimos a encontrarnos en algún punto del sendero.
O quizá solamente nuestras rutas se cruzaron una vez más.
Yo seguía siendo uno entre varios.
Entonces escuché tu voz.
—Buenas tardes.
No era para mí.
No solamente para mí.
Era un saludo dirigido a quienes íbamos pasando.
Pero volví a escuchar aquella voz.
Esa voz grave que también había llamado mi atención.
Y fue suficiente para que te llevara conmigo el resto del camino.
Ahora pienso en regresar.
Eso es lo extraño.
Volver al mismo lugar.
Recorrer las mismas veredas.
Tal vez a la misma hora.
Con la pequeña esperanza de que una casualidad decida repetirse.
No para hablarte.
Eso me digo.
Ni siquiera para acercarme.
Sólo para verte otra vez.
Comprobar que exististe fuera de los pocos minutos que ahora llevo repitiendo en la memoria.
Pero conozco esta historia.
No a ti.
A mí.
Me ha ocurrido antes.
Aparece alguien.
Algo me atrae.
Y mi imaginación comienza a correr mucho más rápido que la realidad.
La persona apenas existe frente a mí y yo ya estoy construyendo lugares que nunca hemos visitado.
Conversaciones que nunca tendremos.
Una intimidad que nadie prometió.
A veces incluso una vida.
Y quizá lo más extraño es que durante unos minutos parece posible.
Porque la persona que imagino todavía no puede decepcionarme.
No puede contradecir lo que inventé.
No puede decirme que no le gustan las cosas que decidí que le gustaban.
No puede cansarse de mí.
No puede alejarse.
Todavía no puede elegir a alguien más.
En mi imaginación todo permanece abierto.
Perfectamente abierto.
Entonces aparece la pregunta incómoda.
¿Por qué puedo construir tanto alrededor de alguien a quien no conozco?
¿Por qué una desconocida puede despertar en unas horas tantas cosas que a veces parecen dormidas dentro de mi propia vida?
Y todavía hay otra pregunta.
Mucho más difícil.
¿Por qué resulta tan sencillo imaginar lo que podría existir afuera y tan complicado mirar con la misma atención lo que ya está conmigo?
No tengo la respuesta.
Quizá tampoco se trata realmente de ti.
Tal vez nunca se trata completamente de ninguna de ellas.
Quizá algunas personas simplemente pasan frente a nosotros y, sin saberlo, abren una puerta.
No necesariamente hacia ellas.
Hacia algo nuestro.
Una necesidad.
Un deseo.
Una versión de la vida que todavía imaginamos posible.
Hoy tú abriste una.
Y durante unos minutos mi mente volvió a hacer aquello que sabe hacer tan bien:
convertir a una desconocida en una historia.
Tal vez regrese al sendero.
Tal vez no.
Tal vez nunca vuelva a verte.
Pero ahora sé que la pregunta importante no es si volveré a encontrarte.
Es otra.
¿Por qué necesito imaginar una vida distinta cada vez que alguien consigue hacerme sentir que todavía podría existir?
Una frase para llevar
